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Mikel Lertxundi

Berriatua, País Vasco, 1951

 

No sabe cuál descubrió antes, si el Arte o la Naturaleza; es más, no sabe si fue él quién los eligió o fueron ellos los que le eligieron a él.

 

Desde su primera exposición en 1974 ha expuesto su obra en reconocidas ferias como ARCO (Madrid), FIA (Caracas), ART MIAMI (Miami), NICAF (Tokio) y KIAF (Seúl) y en numerosas galerías y salas estatales e internacionales.

 

Ha realizado exposiciones individuales al aire libre con esculturas de gran formato, la última en el 2019 en las calles y plazas de Bilbao.

 

Sus esculturas están instaladas en numerosos espacios públicos del país y del extranjero y ha realizado varias intervenciones artísticas en la naturaleza.

 

Con la mirada puesta en la naturaleza, el artista libra una lucha con los materiales para tratar de extraer de ellos una forma, buscando en el equilibrio la oculta armonía —la poesía— de la existencia. El escultor encuentra su forma de expresión tras el descubrimiento de la piedra, la madera y el hierro, tres elementos fuertemente arraigados en la tradición cultural vasca, que conforman la síntesis de la tierra; y una vez alcanzada la simplicidad, el artista afina su tono. Cada material requiere su forma, lo que hace que encajen como si formaran un puzzle.

            Lertxundi trabaja —toca, elabora, manipula— directamente sobre la materia prima, en toda su pureza, hasta capturar su carácter, calidad y vida. Cada elemento esconde una historia, las transformaciones de los procesos geológicos y biológicos desarrollados durante muchos años. En la materia, son los elementos los que marcan, hacen y deshacen el entorno y el tiempo, lo que condiciona todo el ser. La clave está en interpretar su impacto.

            Observar la naturaleza, aceptar el tiempo, buscar el equilibrio. Inmerso en una experimentación inagotable, Lertxundi desarrolla al mismo tiempo numerosas líneas de trabajo que se superponen en el tiempo, y, una vez alcanzado un objetivo,  abre nuevas vías.

Una búsqueda conduce a otra al artista. Son hilos distintos que conforman una sola madeja: un lenguaje escultórico, puro, simple y rotundo, de identidad local y carácter universal.

                      

(extracto del texto Observar la naturaleza, aceptar el tiempo, buscar el equilibrio de Mikel Onandia)