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«Puede
parecer ridículo pensar que a mi edad no he realizado el
cuadro que quería, pero es bonito»
Acaba de ganar el Premio Velázquez de las Artes Plásticas.
En octubre cumplirá 80 años y le gustaría que
la celebración le pillase trabajando.
- Estos días parece pregunta obligada qué ha sentido
al ver en televisión los bombardeos sobre Irak.
- Mucha rabia,
mucha indignación y mucha tristeza por las desgracias que
van a ocurrir. Siempre me he manifestado contra todo tipo de violencia.
- Usted nunca
ha sido neutral. Siempre ha alzado la voz contra la intolerancia,
a favor de la libertad y los derechos humanos... ¿Falta hoy
más compromiso en el arte?
- No, yo creo
que los artistas se han manifestado muy claramente en todo el mundo.
A nosotros también nos afectan estas cosas.
- Hace muchos años se rebeló contra el franquismo.
¿Contra qué o contra quién se levantaría
hoy?
- Hay temas
que siguen vivos. Por desgracia, el hombre tiene defectos que van
perdurando. Hemos de vivir con la esperanza de que el hombre vaya
perfeccionándose. Guerras hay muchas. Nos acordamos de una,
pero hay otras como las matanzas del Congo... Y no hablemos de Israel.
- Con los
años, ¿se ha decepcionado del marxismo?
- De joven,
creía que podía ser muy interesante todo aquello que
Franco atacaba. Si atacaba el marxismo, sistemáticamente
yo decía: el marxismo debe ser interesante. Creo que la sociedad
ha acogido muchas ideas difundidas por los marxistas. Quedan otras
cosas, sobre todo la implantación que se hizo del marxismo
en la URSS. Eso es... una pura dictadura.
- Este año
cumple 80 años.
- Me gustaría
que me pillara trabajando. Querría decir que me encuentro
bien y que sigo teniendo una cierta salud.
- Proyectos
no le faltan. Acaba de inaugurar en La Casa Encendida de Madrid
una exposición con el libro como protagonista...
- He mamado
los libros. Mi abuelo continuó la librería y editorial
que tenía mi bisabuelo. Tuvo la desgracia de que, durante
la guerra civil, cayera una bomba sobre el edificio. Mi padre también
fue editor y publicando algunas obras que había empezado
mi abuelo. El libro siempre me ha interesado: por el gusto a la
lectura y por su aspecto físico. Cuando mi padre fue editor,
siendo yo jovencísimo, diseñé algunas de las
portadas de los libros que publicaba.
- Su historia
de amor con el arte se debe en parte a una enfermedad pulmonar que
sufrió de joven y que le mantuvo en cama. Comenzó
entonces su pasión por la filosofía, la música
romántica alemana y copiaba a Van Gogh y Picasso...
- Creo que fue
un buen aprendizaje. Tenía unas reproducciones en color de
algunos cuadros de estos dos pintores y me dediqué a aprender
a manejar el pincel. Porque yo fui muy poco a una academia de dibujo;
sólo mes y medio.
- Muy pronto
se obsesionó con los autorretratos. Decía que era
un buen modelo, porque lograba estarse quieto y salía muy
barato...
- Lo he dicho
medio en broma. Para dibujar del natural necesitaba algún
modelo. Enseguida agoté todos mis amigos y parientes y pensé
que lo más fácil era ponerme delante del espejo. Pero
hay algo más: una necesidad de introspección, de conocerte
a tí mismo, ver lo que refleja tu mirada.
-¿Qué
diría Freud por su obsesión por las partes del cuerpo
humano? Primero el rostro, luego los pies...
-No sé,
pero alguna explicación debe tener de tipo psicológico.
Yo estudié algo de psicología, incluso las obras de
Freud, bastante temprano. Después fui evolucionando y me
incliné más por Jung, porque estaba más vinculado
a temas culturales que a mí me emocionaban mucho. Como el
interés por otras culturas, sobre todo de Oriente. Yo pertenezco
a una generación que al acabar la guerra civil y la guerra
mundial estábamos desengañados de la cultura europea
occidental. Y varios artistas llegamos a coincidir en buscar las
raíces en otras culturas. Los artistas cubistas se miraron
mucho en el arte africano. Pero mi generación se interesó
sobre todo por ciertas ramas del hinduísmo y del budismo.
- Dijo una
vez que había dos tipos de locura catalana: la de Gaudí,
buena y creativa, y la de Dalí, narcisista. ¿Habría
una tercera locura catalana, la de Tàpies? ¿Cómo
sería?
-Es posible,
es posible... No lo había pensado. Yo he defendido el arte
de los locos. Espontáneamente vi que los dadaístas
y después los surrealistas resucitaban unas artes que aquí
se consideraban heterodoxas. El arte de los niños, por ejemplo.
No se había apreciado apenas. Vi también que defender
el arte de los locos era interesante. Encontré gente muy
interesante, como Dubuffet, que llegó a estimular este tipo
de arte.
- Lo suyo
con Dalí no fue precisamente una historia de amor...
- Bueno, él
me estimó siempre mucho. Y yo procuraba respetarle también.
Pero tuvo unas actitudes que no me gustaron. Aparte de que llegó
un momento en que su pintura era francamente mala. No llegaba ni
a ser pintura académica. Era una cosa escolar, de un niño
que empieza a pintar.
- Sin embargo,
con Miró, la cosa fue muy diferente...
- Con Miró,
enseguida congenié muy bien. Fue una amistad muy profunda.
Creíamos en cosas muy parecidas. Miró forma parte
de ese tipo de artista que ha mirado otras culturas.
- Tras su
paso por Dau al Set, ¿por qué no le interesó
el surrealismo?
- Ciertas cosas
de tipo teórico sí que me han interesado. Por ejemplo,
eso de dejar ir la imaginación de manera muy libre, buscar
los dictados del inconsciente.
- Se ha dicho
de usted que es un chamán, un alquimista, incluso le han
calificado como «el príncipe negro de la abstracción
informalista en Europa».
- Algunas veces
yo mismo me lo he dicho. Porque yo he tenido dos condiciones esenciales
para ser chamán: haber pasado una grave enfermedad o haberte
muerto.
-La segunda,
desde luego no.
-Bueno, en cierta
manera me morí, porque yo tuve una ataque cardiaco. Fue a
causa de un exceso de fumar. Era joven y tuve una intoxicación
terrible. Me asfixiaba, no podía respirar. Mi familia llamó
a un sacerdote. Tuve la sensación de que iba a morirme.
- Antes hablaba
de su fascinación por la cultura oriental. ¿Qué
le atrajo de ella y qué le aporta a su obra?
- Yo siempre
he tenido la inquietud de hallar una visión lo más
profunda posible de nuestra propia naturaleza. Buceé en diversas
sabidurías, porque hay religiones que casi no se pueden llamar
así. El budismo, por ejemplo, es más bien un sistema
filosófico o de sabiduría. Sabiduría, en el
sentido del arte de vivir, de enseñar a vivir. Y en algunos
filósofos y metafísicos me parecía encontrar
más explicaciones que las que me habían dado los curas
en la escuela. Pero con la edad he visto que casi todas las religiones
pueden ser útiles, si se explican bien las cosas. El budismo
me pareció muy claro. De entrada prescidían de dioses.
Sobre todo, una rama del budismo que es un tipo de sabiduría
tan adaptada a lo que necesita el hombre, que me resultaba muy moderna.
- Su obra
está plagada de símbolos. Cruces, números,
letras... ¿Cómo llega de los autorretratos a esta
simbología tan particular?
- Es difícil
de explicar, porque cuando estoy reflexionando, o leyendo me apoyo
en muchos símbolos conocidos. Procuro que espontáneamente
aparezcan éstos en mis obras. Cuando entro en el estudio
lo primero que hago es dar vueltas alrededor de una tela blanca.
Esto me estimula la imaginación. De repente veo un tipo de
imagen que me parece interesante y me pongo a realizarla. Pero hay
un momento en que los cuadros mandan y te dicen: por aquí
no vas bien. Procuro siempre que sean símbolos que obedezcan
a emociones, a estados de ánimo, por las circunstancias que
me rodean (como pasa con esto de la guerra; estoy seguro de que
me va a influir mucho)... Es una búsqueda constante, inexplicable.
- Deja sus
huellas en sus obras.
- Uso mis dedos
y mis manos porque es lo que tengo más a mano. Incluso lo
he hecho con libros de bibliófilo. Algunos no los he hecho
con pluma, ni con lápiz ni con pincel, sino con mis dedos.
- ¿Hay
mucho sufrimiento en el proceso creativo?
- Hay momentos
de mucha satisfacción: cuando descubro algo que me hace click
en el estómago y sé que voy por buen camino. Otras
veces es una lucha y una ilusión. Puede parecer ridículo
a mi edad pensar que todavía no he realizado el cuadro que
quería hacer. Pero también es bonito, porque te ayuda
a estar en activo.
- De la primera
exposición en las Galerías Layetanas en 1950 ha pasado
más de medio siglo...
- Sigue habiendo
mucho de aquel Tàpies: el temperamento, el carácter...
No te puedes deshacer así como así de tus manías,
de tus tics. Pero el pasado es el pasado y además, me gusta
que se lleven enseguida los cuadros y que viajen por todo el mundo.
- ¿No
le gusta tenerlos con usted?
-No. En los
cuadros de finales de los 40 y principios de los 50 hay elementos
que me han salido después inconscientemente. Hay imágenes
de las que estoy orgulloso, que se han hecho algo célebres.
- Como su
famoso 'Calcetín'.
- Hubo la oposición
de una sola persona de la burguesía catalana, que formaba
parte del patronato del museo. No entendía nada de pintura.
Dijo: mientras yo esté aquí, no entrará ningún
calcetín.
- Usted es
un gran ensayista de arte. Ha reflexionado mucho sobre el arte.
¿Le resulta más difícil hacer arte o hablar
de él?
- Creo que es
mucho más complicado hacer arte. Lo interesante es hacerlo.
Escribí más en momentos, ya fuera la dictadura o la
transición, en que circulaban algunas ideas que me parecían
que no eran correctas, o que eran confusas, y tenía ganas
de replicar..
- Hizo incluso
una autobiografía. ¿Lo contaba todo o calló
mucho?
- Fue muy inocente;
lo explicaba todo. Lo escribí tras salir de los calabozos
de la jefatura de policía cuando me detuvieron por lo de
la capuchinada. Me dije: «Mis conciudadanos van a pensar que
soy un gángster o un ladrón. Voy a escribir mi vida
para que vean que soy una buena persona». Y así lo
hice. Algunas cosas no se podían decir en aquel momento,
porque vivía Franco.
-¿Habrá
una segunda parte?
-Me sería
muy difícil. Pierdo mucho la memoria con la edad.
Escrito
por: NATIVIDAD PULIDO

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