Pradilla Ortiz, Francisco
(1848 - 1921)
Biografía escrita por Wilfredo Rincón García
Francisco
Pradilla Ortiz nació en la localidad zaragozana de Villanueva
de Gállego el día 24 de julio de 1848. Comenzó sus
estudios artísticos en la capital aragonesa, colaborando con
el pintor y escenógrafo Mariano Pescador y asistiendo a las
clases de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis de Zaragoza
hasta su marcha a Madrid en los primeros meses de 1866, donde cursó estudios
en la Escuela Superior de Pintura y Escultura dependiente de la Real
Academia de Bellas Artes de San Fernando, siendo discípulo de
los pintores Federico de Madrazo y Carlos Luis de Ribera y del escultor
aragonés Ponciano Ponzano.
También asistió a las clases de la Agrupación de Acuarelistas
de Madrid, aprendiendo esta técnica pictórica en la que tanto destacaría
a lo largo de su vida y fue asiduo visitante del Museo del Prado, donde llevó a
cabo una amplia labor como copista de cuadros. Colaboró también
con los escenógrafos Augusto Ferri y Jorge Bussato, quienes le dieron
trabajo en su taller.
Ganada
por oposición en 1874 la primera plaza de pensionado de número
por la pintura de historia para la recientemente creada Academia Española
de Bellas Artes de Roma, durante los tres años que duró su
pensión, entre 1874 y 1877, enviaría a Madrid varias
obras. En el primer año, la copia de La Disputa del Santísimo
Sacramento de Rafael (Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid), que
realizó junto con el también pintor Alejandro Ferrant;
por el segundo año, El náufrago (Ayuntamiento de Madrid)
y como final de pensionado, su conocido cuadro de Doña Juana
la Loca (Museo del Prado, Casón del Buen Retiro) que expuso
en la Nacional de Bellas Artes de 1878, celebrada en Madrid, tal como
figura en el catálogo, con el siguiente título: Doña
Juana la Loca. Viaje de la Cartuja de Miraflores a Granada acompañando
el féretro de Felipe el Hermoso. Con esta pintura alcanzó,
el todavía joven pintor, la primera Medalla de Honor que se
concedió en estos certámenes, recibiendo por esta misma
obra importantes reconocimientos en distintas exposiciones, como en
la Universal de París celebrada el mismo año 1878.
Pintor
de éxito, recibió entonces diversos encargos, destacando
los dos cuadros de Alfonso I el Batallador y Alfonso V el Magnánimo, para
el Ayuntamiento de Zaragoza o la monumental pintura de La Rendición de
Granada, ejecutada entre 1879 y 1882, para el Palacio del Senado, obra con la
que Pradilla consolidó su reputación artística y le consagró definitivamente
como pintor de historia.
Tras la conclusión de su pensionado y residiendo en Roma, fue nombrado
Director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, cargo que desempeñaría
entre septiembre de 1881 y abril de 1882. Tras su dimisión, permanecería
en la Ciudad Eterna hasta 1897, dedicándose al ejercicio de la pintura.
Su
regreso a Madrid se produjo poco antes de finalizar el mes de
enero de 1897, tras su nombramiento como Director del Museo del
Prado, puesto que desempeñaría hasta el mes de
agosto
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de
1898, cuando dimitió para entregarse a su labor
pictórica que desarrollaría en el amplio estudio que disponía
en el chalet neo-árabe del Paseo de Rosales, adquirido para su residencia
poco después de su llegada a Madrid y en el que fallecería el día
1 de noviembre de 1921.
Por lo que respecta a su dilatada actividad y amplia obra (en la monografía
que le dedicamos en 1999 catalogamos 1.100 obras), Pradilla fue un pintor interesado
por todas las corrientes de su época y partiendo de un decadente romanticismo
supo asimilar los hallazgos naturalistas de los paisajistas franceses y entender
el preciosismo de la pintura romana del momento, donde otro español, Fortuny,
había dejado su impronta.
La inspiración y el interés de Pradilla por cuanto aparecía
ante sus ojos le llevaron a la práctica de los más diversos asuntos
y las temáticas más variadas, desde los grandes argumentos de carácter
histórico, hasta prestar su atención a sucesos y personajes de
su entorno, a extraer la emoción íntima de lo cotidiano en escenas
costumbristas y a elevar su espíritu ante la naturaleza. Nada parecía
escapar a su observación permanente, a una tensión plástica
que impulsó su ánimo hasta los últimos días de su
existencia con la misma pasión que en los años adolescentes.
Vitalismo, percepción, penetración sicológica y fuerza expresiva
mantuvieron el quehacer diario de este artista y posibilitó su creatividad
en todos los órdenes, en cada uno de los géneros.
En su obra debemos destacar en primer lugar sus pinturas de historia, pudiendo
afirmar que, sin lugar a dudas, Pradilla es considerado uno de los hitos de esta
temática pictórica en España, con dos de sus lienzos conocidos
universalmente y reproducidos hasta la saciedad, Doña Juana la Loca y
La Rendición de Granada, junto a los que también hay que recordar
otras obras menos famosas como El Suspiro del moro (1879-1892), Doña Juana
la Loca recluida en Tordesillas, de la que hace varias versiones a partir de
1906 y el magnífico y casi desconocido cuadro del Cortejo del bautizo
del Príncipe Don Juan, hijo de los Reyes Católicos, por las calles
de Sevilla, de 1910, que podemos considerar la última gran pintura de
historia del arte español.
No podemos olvidar su obra como paisajista, con cientos de cuadros, muchos de
ellos pequeñas tablas, en las que tan solo plasmaba sensaciones de color,
luces tormentosas o amaneceres, como si de pequeños bocetos se tratase,
algunos casi preciosistas mientras que otros son claramente impresionistas. Maestro
del paisaje, su obra debe ponerse en contacto y como consecuencia de algunos
pintores que le precedieron, como Pérez Villaamil o Carlos de Haes y vinculada
a la de otros contemporáneos, como Martín Rico o Aureliano de Beruete.
También haremos un ligero comentario a su otra producción, a su
pintura costumbrista, género que Pradilla va a prácticar desde
una óptica personal, con obras de temática italiana, gallega o
madrileña y debemos mencionar sus retratos -entre los que destacan algunos
autorretratos-, de tradición romántica, en los que supo hacer gala
de su percepción psicológica para la captación del carácter
de sus modelos, al mismo tiempo que acentua un especial naturalismo para ofrecer
versiones veraces de los rasgos fisionómicos y apostura de los retratados.
Entre sus pinturas decorativas y de tema mitológico destacan las que cubren
los techos del madrileño palacio de los marqueses de Linares, ejecutadas
por Pradilla en Roma en 1886.
Artista profundamente interesado por la técnica, realizó en su
estudio multitud de experiencias y análisis de pigmentos, investigaciones
encaminadas a conseguir las calidades y texturas deseadas en sus cuadros. Su
actividad pictórica se centrará en gran medida en la utilización
del óleo, sobre lienzo o sobre tabla y en algunos casos sobre cartón.
Por lo que respecta a la acuarela, Pradilla será sin duda uno de sus mas
asiduos practicantes, encontrándonos en su catálogo con un importante
apartado expresado a partir de esas fórmulas pictóricas, llegando
a un dominio que nada tiene que envidiar a sus contemporáneos europeos.
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