De Paisaje imposible a El pintor como titiritero Durante décadas este artista ha estado en el centro de la cultura italiana, mostrando una extraordinaria capacidad de propuestas a través de las múltiples dimensiones del sentir. Partiendo de los años sesenta, en los que comenzó a desarrollar su papel de protagonista en solitario en la escena del pop art, hasta nuestros días, enlaza una serie de ciclos que no sólo se definen por su contenido temático sino también por la traducción de sus conceptos expresivos, que se mantienen –siempre y en todos los casos- puramente pictóricos, incluso cuando hace uso de los más disparatados materiales. El poder de las imágenes para proliferar otras imágenes tiene un significado preciso en este artista, y deviene en proposición poética en un contexto compositivo en el que el dibujo “recorta” figuras en el espacio escénico persiguiendo una secuencia lógica, como si fuera parte de una sucesión homogénea cuyos componentes pueden ser remezclados asumiendo autónomamente, de cuadro en cuadro, un ulterior matiz metafórico. La matriz común de la obra de Concetto Pozzati es su familiaridad con la publicidad, campo en el que ha trabajo desde hace tiempo con resultados destacados. Su análisis de los mecanismos perceptivos y el funcionamiento de la psicología de masas son las premisas para sus pinturas, que se presentan a los ojos del espectador con varios niveles de lectura. A partir de la perspectiva frontal se desencadena un proceso reactivo en el observador, que es llevado a organizar una serie de pasos mentales de conquista progresiva de información. Este proceso, traducido a la pintura, se transforma en vehículo de emociones, sobre todo cuando la figura se convierte en un emblema, dibujada con pocos trazos, casi como un graffiti, sosteniendo una apremiante dialéctica con “el más allá”, el territorio que comienza en el cuadro y termina en la profundidad de su significado, variable según el nivel de sensibilidad del que mira. Los trabajos más recientes del artista, de 1991 a 2004, se estructuran en ciclos: “Paisaje imposible”, “Centinelas de la pintura”, “Todo en la… cabeza” y “El pintor como titiritero”. En las pinturas del primer ciclo, paisajes evanescentes que perduran en una fascinante dialéctica del lugar-no lugar. En un sutil juego oscilatorio entre presencia y ausencia, la fisicidad de la realidad se disuelve en la incorporeidad, casi en una rarefacción intelectual. En el segundo ciclo, los pájaros, criaturas capaces de vez el mundo desde lo alto, son metáfora del grado de atención requerido por la problemática que amenaza el mundo del arte. El artista es aquí tanto el agente del acto creativo como el guardián contra la destrucción de los elementos cotidianos, realizando un proceso selectivo que se esfuerza por alcanzar una restauración crítica de los valores expresos. En “Todo en la… cabeza” una serie de rostros se disponen mostrando indiferencia o atareados en asuntos cotidianos. La sucesión de muchas cabezas –cuyos rasgos se definen con pocos trazos, lo que les da un aspecto primitivo y perentorio- delinea un laberinto en el que la idea de permanencias que esperan, inherentes a la proyección de cada mente en el horizonte e su propia existencia; los trazos parecen incidir en el lienzo con un revoltijo de individualidades que se comunican sólo entre ellas mismas. “El pintor como titiritero” es el perímetro de una renovada conciencia del papel del pintor dentro del sistema del arte, de su destino como guía en el proceso creativo y en las acciones resultantes. El arma de la ironía, exaltada hasta lo grotesco, y la cuestión de la teatralidad, al estilo de los programas de mano, constituyen el “grito” del artista contra la aquiescencia de la cultura de masas, y subrayan su rechazo a la estandarización silenciosa producida por la unanimidad de estilo. Frecuentemente la obra gira sobre una suerte de autorretrato, resuelto con pocos trazos, en torno al cual un número variable de marionetas representan el mundo interior del artista, hecho de emociones y sentimientos que reconducen a la idea de un arte desligado de condicionantes externos lógicos. Pozzati nos provee de las “radiografías” del titiritero como para descubrirnos el alma, que se presenta con mil matices de sensibilidad. La figuración articula un espacio de la memoria –a veces usando una auto-referencia- y de la imaginación, con imágenes que juegan con el impacto inmediato, como los dibujos animados. Este tipo de cortocircuito tiene a veces la capacidad de acumular significados, más allá del literal. La superficie es un área en la que proliferan misteriosas epifanías y combinaciones figurativas, siguiendo las estrategias de la comunicación publicitaria; el efecto total se consigue a veces desquiciando la lógica de los espacios como en una proyección fílmica que discurriera en vertical, dando la impresión de una profundidad que debe ser resuelta a partir de la formulación de la obra finita. Ésta deja siempre una abertura a la búsqueda y un margen de interpretación al observador, quien es invitado por la naturaleza de la pintura a “entrar” en el esquema narrativo. En cierto aspecto, el artista es un narrador que utiliza el conocimiento de un creador de iconos de la contemporaneidad, donde es posible trazar el camino de vuelta para orientarse en el laberinto de la vida moderna. En cualquier caso, la distancia aparente con la que campan las criaturas de Pozzati en el cuadro, casi como si estuvieran despojados de la fisicidad de la carne y presentados como envoltorios de “materia pensante”, está ahí para recordarnos que debemos sentir la inquietud del presente, que parece más amenazarnos que darnos un cálido abrazo. Es redescubriendo la interioridad del individuo como puede encontrarse la energía necesaria para expresarse a sí mismo sin limitaciones, como afirma la pintura de Concetto Pozzati, poblada como está de simulacros incorpóreos que expresan el peso de su irrenunciable presencia. |