JAVIER PAGOLA (San Sebastián, 1955)

No resulta fácil encontrar datos biográficos de Pagola, a diferencia del gran número de interpretaciones que se han hecho sobre su obra. Entre 1974 y 1978 estudió Arquitectura en Madrid (E.T.S.A.M.). Es entonces cuando establece su residencia en Cuenca y toma la decisión de dedicarse de lleno a la pintura. Participa en exposiciones colectivas en Sala Alta y la Sala Pilares (Cuenca), en Madrid y en la parisina Lina Dadidov.

Su trabajo ha estado siempre arropado por la obtención de un buen número de becas y premios, como la de Artes Plásticas de Endesa (1993) o cuatro años más tarde la de la Academia Española de Bellas Artes en Roma y el Premio L.A.U.S. de Ilustración. Pasamos por alto el elevado número de exposiciones colectivas y personales en las que ha colaborado, entre las que deben citarse Estampa ’95 y ’96 y Arco ’94, ’98 y 2000. En general, su obra puede encontrarse en varios museos españoles, al igual que en la Fundación De Menil de Houston (Texas).

El mundo abstracto en la década de la iconografía ha ido conquistando también la senda de lo lúdico, de la estética del cómic, los dibujos animados, el graffiti, la escritura automática o la publicidad, sin huir en ningún momento del referente real u objetivo. Letras en forma de apuntes, personajes próximos a la pesadilla, osos panda, rostros disueltos en su no saber sabiendo o algunas formas repetitivas se unifican en este baile paralizado de una pintura caótica e inagotable. Referentes como Rabelais, el Quevedo más satírico, el infierno de “El jardín de las delicias” de El Bosco o el Goya de buena parte de sus dibujos podrían configurar uno de los muchos marcos de influencias en los que enmarcar el trabajo de Pagola.

Incurriendo en el margen de un surrealismo, tanto por su tratamiento imaginario de las formas como por la articulación acumulativa de personajes o algunos datos en sus cuadros, el al artista queda perdido en un terreno de horror vacui del que no puede huir sino trazando grupos de figuras laberínticas que podrían convertirse, aunque sea un segundo, en un paisaje de Piranesi habitado por Gregorio Samsa..

Cada cuadro aglutina humorismo o, mejor aún, una sátira paralizadora de realidades que son captadas como si de una fotografía se tratase, o, como, señala acertadamente Juan Manuel Bonet, listas de realidades (“paisajes materiales lecturas nubes direcciones rotulados fotos recuerdos máquinas colores (...)”. Integración de una realidad fragmentada en sí y en nosotros, simultaneísmo complaciente en el que los ratones, una de sus figuras preferidas, y los gatos conviven con  placidez.

De acuerdo con Antonio Saura, quizás una de las personas que ha escrito uno de los artículos que giran en torno a la obra de Pagola y aun pecando de falta de originalidad, es obligatorio cerrar esta breve biografía con el comienzo de su artículo “Pagolismo”: “Ingravidez, bidimensionalidad, acumulación, prioridad del grafismo, libertad de tratamiento, presencia de la ironía: estas son, quizá, algunas de las características más interesantes del actual momento estético español”.