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Viajero
infatigable, recorre entre 1920 y 1925 numerosos puntos de la geografía
europea hasta su afincamiento definitivo en España en 1935.
Se trata de un pintor eminentemente paisajista que, aunque buen
conocedor de las tendencias artísticas contemporáneas,
sin embargo relega los movimientos de vanguardia y se decanta por
una pintura que atesora los valores prímios de la vida. En
los años treinta su pincel se aferra con fuerza a la sencillez,
a la gama cromática austera y a la vehemencia del paisaje.
Sus campos aparecen en este tiempo desnudos, desprovistos de vida
y movimiento, para trasmitir una serenidad plausible, una realidad
casi fantasmagórica engalanada tan sólo por el silencio.
En el medio rural de Ortega no encontramos tintes del surrealismo
ni del informalismo sino la huella de la pintura italiana de los
valores plásticos.
Algunas de sus obras delatan cierto recuerdo de la obra de Solana,
de quien es heredera en el gusto por los ocres y los sienas, la
irrupción en la superficie del lienzo de la línea
gruesa delimitoria en negro y el punto de vista. Hacia 1952 se traslada
a Madrid. En este período, las figuras de campesinos se afincan
en los paisajes extremeños y permanecen tanto la sobriedad
cromática ya utilizada anteriormente como el afán
realista. Nos encontramos en el cenit de su madurez estilística,
en la que la humildad de quien labra la tierra, la quietud misteriosa
y la naturaleza cercana pero distante anuncian lo que será
el realismo social o histórico posterior, que afrontará
aspectos reivindicativos en relación con la dureza de la
vida en el campo. |