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Primera
figura del surrealismo catalán, Miró comienza su pasión
por el arte a los ocho años, cuando empieza a dibujar. En 1907
estudia en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona. En 1917 conoce
a Picabia, quien ejerce una gran influencia en su obra. Su primer
viaje a París en 1919 supone el acercamiento a Picasso y Maurice
Raynal.
Tras la publicación del Manifiesto Surrealista (1924), Miró
entra en contacto con André Breton y participa en una exposición
en la galería Pierre de París (1925), donde se establecen
los vínculos definitivos con los surrealistas.
Hacia 1926 su obra tiende al automatismo y se impregna de una carácter
onírico. La abstracción se va acomodando en sus pinceles
hasta que en 1934 inicia una etapa marcada por los signos del informalismo
y el expresionismo abstracto.
En 1937 realiza por encargo el mural El segador, que decorará
el pabellón español en la Exposición Internacional
de París.
A su regreso a España, a principios de los cuarenta, Miró
se decanta por su faceta de grabador y escultor. Su colaboración
con Josep Llorens Artigas supone una fructífera época
rica en cerámicas y la elaboración de una serie litográfica
y pequeñas esculturas en bronce.
Hacia el año 1959 su producción entra en una fase caracterizada
por la sintetización, acompañada de su predilección
por una gama cromática oscura con preferencia por el negro.
La influencia ejercida por el catalán en otros artistas se
desliza en muchos pintores de los años veinte y treinta, con
Picasso e incluso los abstractos norteamericanos entre ellos. |
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