Isabel Muñoz
Barcelona, 195

Isabel Muñoz se traslada a Madrid con veinte años y es con veintiocho cuando toma la decisión de dedicarse por completo al arte de la fotografía, para lo cual se matricula en Photocentro. Ya en 1981 empieza a tener sus primeros encargos para prensa y publicidad. Este será un año de especial relevancia, en la medida en que hace una pequeña incursión de la fotografía en el cine. En el 82 se va a  estudiar a Nueva York es allí donde halla contestación a su búsqueda infatigable de encontrar el mejor soporte para fotografíar el cuerpo. Su primera exposición se tituló “Toques” (Madrid, 1986), más tarde otras series en el mismo Madrid y en Zaragoza, pero fue la muestra realizada en París (1990) la que marca un antes y un después en su carrera. Publica los primeros catálogos de una de sus series más famosas, “Tangos”, que viaja desde Lyon, a Virginia, Tokio. A partir de ese momento su vida se convierte en un ir y venir sin abandonar nunca la mirada penetradora y pensada para el instante globalizador.

La fotografía fija una forma fragmentada, la inmoviliza y procura ofrecer a través de ella una visión personal del mundo, reorganizar sus masas, sus modulaciones y vibraciones luminosas. En resumen, el viejo deseo de “fabricarse” un mundo propio, pero siempre teniendo en cuenta que cada foto es un pedazo de otra realidad que no está pero debe ser apelada apelarse también en la obra. Como escribe Christian Caujolle: “la fotografía ilustra mejor que cualquier otro modo de representación la voluntad de poder de ese hombre que pretende reemplazar a un eventual Creador y ser realmente el deus ex machina. La máquina, en ese caso, es la cámara oscura. Caujolle discute la idea de que su obra pueda dividirse en los grandes “temas” que le han interesado y de ahí su perfeccionismo, pero no es así, “la motivación era otra; era (...) una vital, acaso indecible durante años a causa de las convenciones sociales” en la que se observa una intensa voluntad de detener el movimiento en instantes.

Muñoz explora los deseos, aunque callados, generales, a saber, el deseo, la voluntad de poder, etc... para llevar a cabo el camino contrario: indagar los puntos “no civilizados” del ser humano. Es difícil fácil detectar esto en series como: “Tangos”, “Flamenco”, “Danza oriental”, “Tauromaquias”, “Fragmentos”, “Ritmos”, “África”, “Camboya herida”, “Contorsionistas”, “Etiopía”, etc. En todas encontraremos, por cierto el leitmotiv común: el de  las manos, pero como señala el crítico, “al dar prioridad a los ‘temas’, éstos han disimulado con ayuda de la mediatización, el rigor de la proximidad y el hecho de que el objeto fotografiado sea sólo un pretexto para producir la forma”.

Otro asunto fundamental es la materialidad de su trabajo. El empleo copiado al platino se explica por su intento de mostrar todo el potencial sensual que acostumbra a percibir en las pieles del ser humano, en un cuerpo que reivindica la mayor de las libertades de forma y movimiento y que, siguiendo a Alfonso Armada, son “un licor de la verdad, un líquido de revelado de la conciencia, un elixir de lo que es”. Sigue Armada: “Isabel Muñoz ha recorrido un camino que empieza desmontando el cuerpo y de momento ha llegado a enfrentarse cada a cara con el rostro que nos interpela, ha empezado buscando deseo y ha llegado a las niñas prostituidas de Camboya, ha arrancado de lo que nos inquieta en nuestros apartamentos junto a lo que parece la conquista de la felicidad en la tierra a la desposesión más extremada. Ha empezado mirándose a sí misma y ha terminado preguntándoselo todo otra vez en las pieles de Etiopía”. El fragmento se convierte así en pedazo de una realidad que lo comprende, en el impacto visual de un relato que está presente pero en un segundo plano y aún por escribir.