Bonifacio, Alfonso (San Sebastián, 1933)

Bonifacio, huérfano por parte de padre, consigue ingresar en la Casa de la Misericordia con cuatro años, donde, como mínimo, tenía las necesidades básicas cubiertas. Fue en 1940 cuando un maestro le regala unas acuarelas y arranca en ese momento lo que más tarde se convirtió en su profesión central. Decimos “central” porque Bonifacio podría jactarse de haber trabajado en casi todo los sectores de la sociedad: desde pinche de cocina a pescador, desde botones de hotel a lavandero, y entre una cosa y otra la continuidad pictórica silenciada.

Desempeñará otras tareas como la de camarero del Café Txoko, y es allí cuando comienza a tratar con los grandes del toreo, tema que le motiva de forma progresiva. Después de unas cuantas corridas es corneado, por lo que se dedica a cuestiones más calmadas como ser batería de un grupo de jazz o pintor de brocha gorda. Así, escribe Guillermo Cabrera Infante que Bonifacio pinta (...) tras un burladero tenue para transparentar al toro y dar la espalda a la afición en las gradas de sombra. Pero no todo es vigilia la del ojo del pintor a medianoche. También en sueños –y como ilustra Goya, no pocas pesadillas”.

Sin haber dejado durante estos años sus ideales y su labor como pintor, obtiene el Primer Premio de Pintura de San Sebastián con Cristo Cubista. Animado por ello, se matricula en  la Escuela de Artes y Oficios.
Se casa con Ivonne y tiene con ella dos hijas. Empieza a cultivar su pericia como dibujante y comienza a ser contratado en empresas de artes gráficas.

           
Tras la calma familiar llega el arrebato bohemio y se marcha a París a fin de entrar en contacto con los pintores del país vecino. En efecto, en este viaje conoce a Saura, Mompó, Cuixart, entre otros. Será después de tres exposiciones individuales (entre 1960 y 1963) cuando se incline decididamente por la pintura.

Un año  importante en su vida fue 1966, no sólo por su nuevo matrimonio, sino por su relación con José Luis Merino, dueño de la galería “Grises”, donde tuvo la posibilidad de ver lo que se agitaba artísticamente por aquellos años. Ese mismo año expone allí y vende todos los cuadros.
 
Dos vidrieras de Bonifacio para la catedral
de Cuenca.

Pero si lo anterior se trataba de cuadros de pequeño tamaño al año siguiente se le propone pintar dos murales para dos barcos, lo que supone dar un giro a su abstracción. La necesidad económica arreciaba. Más adelante y gracias a la mediación de Merino, conoce a Fernández Zóbel, lo que permite que su nombre vaya un poco más allá de Bilbao, aunque se trate de Cuenca, llegando incluso a trasladar ahí su vivienda. Allí se rodea de nuevo de un círculo de artistas con los que intercambiar visiones acerca del arte. De los años 1970 y 71 interesa marcar su amistad con los artistas más importantes de Madrid, y con Saura en especial. Comienza este último año su colección de insectos que más tarde le valdrán para su pintura. Sin dejar de lado aún el espíritu taurino se le edita en Cuenca Cuatro orejas y un rabo, lo que le permite ir simultaneando vocaciones.

A partir de aquí su vida es un ir y venir de exposiciones individuales de un lugar a otro. Comenta Merino que “A través de los catálogos de estas muestras observo que Bonifacio ha ido avivando los colores logrando, al tiempo, notables avances”. De entre su trasiego por distintos países, hay que señalar cómo en 1987 se produce un cambio sentimental y comienza a viajar con Mercedes Iturbe. Los años siguientes continúan siendo una sucesión de lugares y exposiciones, de la cual lo importante es informar de cómo va arraigando en él un estilo propio, su particular “juego de muñeca”. A partir de ese mismo año Bonifacio visita a menudo México, lo cual aumentó la incentivó su faceta más oscura, más “salvaje”. No es casual que uno de los más importantes conocedores de la obra de Bonifacio sea el mexicano Fernando del Paso, quien valora a Bonifacio como un “moderno barroco”, partidario de la “belleza convulsiva” de Bretón.

En estos años de encargos incesantes se le otorga el Premio Nacional de Grabado.

A partir de 1995 su pintura se retoma el trazo más figurativo, lo que nos transporta a hechos o situaciones concretas. Cuadros que, a juicio de Bonet, giran en torno al “flaneur” baudelairiano y el Munch pre-expresionista.

En 1999 muere su madre, lo que supone un aldabonazo personal. Entre los imperativos naturales junto con la prohibición de fumar y beber, sufre un tropiezo depresivo.

En 2001 se le hace un catálogo-libro homenaje, en el que escriben nombres como el de Saura, Guillermo Cabrera Infante, Francisco Rivas, Severo Sarduy, etc., y en años sucesivos continuará participando en exposiciones como ARCO, entre otras.   

           
 
Bonifacio en su estudio de Cuenca