Siendo
el mismo, está cambiando
Texto de Marilena Pasquali
Aunque
Luca Alinari sigue siendo el mismo, está cambiando. Prismática
y estrellada sigue su gama de colores, sus volúmenes aparecen
como antes redondos y suaves, la línea sigue enroscándose
para crear espirales y girándulas casi crepitantes, pero
ahora, a veces, la imagen se va como vaciando, aparece habitada
por pocos elementos - una casa solitaria, un pájaro en
una rama, una flor en el jarrón - y se enrarece hasta dejar
surgir en el color del aire libre o de un amplio prado un detalle,
un fragmento, una nota resonante que se vuelven los protagonistas
de todo. Y además, en estos meses han nacido los "bombatini",
semiesferas grandes como una pelota y recubiertas de tela pintada,
en cuya forma cerrada y sin pasajes, las cosas se estrechan entre
ellas y se enrollan como un ovillo hasta transformarse la una
en la otra.
A Alinari le está sucediendo lo que le sucede a todos los
artistas, al menos a los auténticos, cuando alcanzan la
madurez: en él sigue intacto el deseo de poesía
y de sueño que empuja la imagen hacia esa sencillez y limpieza
que no necesitan llamadas externas (el santo y seña de
la contemporaneidad, las adulaciones de la vida cotidiana, las
llamadas del mercado), para alimentarse únicamente con
su propia fuerza, con su capacidad creativa y expresiva.
Frente a sus obras siento que el abanico de sensaciones se amplía,
aceptando su implícita invitación a la sinestesia,
a "sentir juntos", pienso en la poesía, en la
música, en la danza. Y me apetece intentar leerlas, poniendo
a su lado otras imágenes, y versos, y piezas musicales.
Si Sanguineti, en 1985, escribe para él: "en el espesor
de la meseta, si excavas, si arrancas un terrón de tierra....
encuentras raíces de estrellas y de bolas", yo quisiera
ir más lejos y releer a Dino Campana cuando canta "La
mece, intesa al misterioso coro/ Del vento, in vie di lunghe onde
tranquille/ Muta e gloriosa per le mie pupille/ Discioglie il
grembo delle luci d'oro/..... un coro/ ch'è incanto, è
al suo murmure, canoro./ Che vive per miriadi di faville!....".
Pero incluso, sin ser acusados de ofender a nadie, podríamos
ver a Luca como un nuevo Ariel, espíritu del aire libre,
vagabundo, fluctuante, que declara "estoy preparado para
volar, para nadar, para lanzarme al fuego, para cabalgar las nubes
onduladas".
En cambio, la música me lleva hacia el Oriente, hacia la
Sheerazade redondeada en la espuma de las olas sonoras de Rimskij-Korsakof,
pero también al "Poema del éxtasis" de
Skrjabin, por esa parte de inquietud y de insatisfacción,
de enredo en sí mismo sin encontrar el desahogo ni el alivio
que caracteriza al hombre contemporáneo.
Hay que decir y subrayar que éstas son sensaciones individuales
y que seguramente otra persona probaría otras sensaciones,
mientras que si hacemos la prueba de poner al lado de las imágenes
de Alinari otras imágenes, creo que las primeras referencias
son explícitas, por muy lejanas en el tiempo que sean.
Luca es toscano y por ello, en su manera especial, bebe el gran
arte que floreció entre Florencia y Siena en los siglos
de oro de la pintura italiana, sobre todo en el Cuatrocientos,
bordado de luz neoplatónica y de naturaleza de fábula
(el logos y la emoción...) que ha visto nacer las obras
maestras de Beato Angélico, de Venozzo Gozzoli, de Masolino.
Pero también pienso en Simone Martini y pongo al lado su
paisaje encantado - con colinas de pan de azúcar, que acompañan
en su ir de castillo en castillo a Guidoriccio de Fogliano - en
los árboles recortados en el cielo y en la roca del Cortejo
de los Reyes Magos en el Palacio Medici Riccardi o en la peana
del Tríptico de Perugia, de Beato Angélico, milagrosa
en la unidad de tiempo y de lugar, con los peces que hablan, los
santos que vuelan y las velas, las rocas y las colgaduras que
aparecen bloqueadas bajo el mismo soplo de viento inmóvil.
Alinari tiene algo de mineral, de estelar, de cósmico,
casi un polvo de estrellas de la Noche de San Lorenzo que toca
a todos sus intérpretes, a partir de Renato Barilli que
ve sus objetos como "vocablos preparados para construir un
desmesurado repertorio ideográfico, una catalogación
universal de todos los aspectos y las caras del mundo", para
pasar a Francesco Bartoli (que escribe sobre la "claridad
diamantina, traslúcida y engomada" de sus cromatismos)
y hasta Marco di Capua que para él hace referencia a Italo
Calvino, para luego definirlo como "bizantino", en cuanto
"convencido de que todo lo que es imagen se salva, no muere",
mientras que "sobre sus pinturas se extiende un velo de absoluto
presente, la fijeza alarmante de purísimos iconos".
Pero ojo: si es verdad que la superficie de las pinturas de Alinari
parece de cristal, es más, uno de esos cristales especialísimos
que en Turquía a mediados del siglo XIX llamaban "ojo
de ruiseñor" transparente y opaco, con tallos en forma
de espiral de diversos colores; si esto es así, hay que
decir que sus "historias en marco", sus cuentos susurrados
al oído, sus formas simplificadas como figuras geométricas,
todo queda capturado y arrastrado por un torbellino, por un deseo
de deformación, por un remolino de vida que pertenece totalmente
a la sensibilidad y a la cultura contemporánea. Y la magia
del artista es justo la de lograr hacer convivir, llegando incluso
a fundir esplendor e inquietud, dimensión encantada y escalofrío
de aprensión, deseo de sueño y sentimiento del presente.