ALINARI, Luca
(Florencia, 1943)

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Siendo el mismo, está cambiando


Texto de Marilena Pasquali

Aunque Luca Alinari sigue siendo el mismo, está cambiando. Prismática y estrellada sigue su gama de colores, sus volúmenes aparecen como antes redondos y suaves, la línea sigue enroscándose para crear espirales y girándulas casi crepitantes, pero ahora, a veces, la imagen se va como vaciando, aparece habitada por pocos elementos - una casa solitaria, un pájaro en una rama, una flor en el jarrón - y se enrarece hasta dejar surgir en el color del aire libre o de un amplio prado un detalle, un fragmento, una nota resonante que se vuelven los protagonistas de todo. Y además, en estos meses han nacido los "bombatini", semiesferas grandes como una pelota y recubiertas de tela pintada, en cuya forma cerrada y sin pasajes, las cosas se estrechan entre ellas y se enrollan como un ovillo hasta transformarse la una en la otra.
A Alinari le está sucediendo lo que le sucede a todos los artistas, al menos a los auténticos, cuando alcanzan la madurez: en él sigue intacto el deseo de poesía y de sueño que empuja la imagen hacia esa sencillez y limpieza que no necesitan llamadas externas (el santo y seña de la contemporaneidad, las adulaciones de la vida cotidiana, las llamadas del mercado), para alimentarse únicamente con su propia fuerza, con su capacidad creativa y expresiva.
Frente a sus obras siento que el abanico de sensaciones se amplía, aceptando su implícita invitación a la sinestesia, a "sentir juntos", pienso en la poesía, en la música, en la danza. Y me apetece intentar leerlas, poniendo a su lado otras imágenes, y versos, y piezas musicales.
Si Sanguineti, en 1985, escribe para él: "en el espesor de la meseta, si excavas, si arrancas un terrón de tierra.... encuentras raíces de estrellas y de bolas", yo quisiera ir más lejos y releer a Dino Campana cuando canta "La mece, intesa al misterioso coro/ Del vento, in vie di lunghe onde tranquille/ Muta e gloriosa per le mie pupille/ Discioglie il grembo delle luci d'oro/..... un coro/ ch'è incanto, è al suo murmure, canoro./ Che vive per miriadi di faville!....". Pero incluso, sin ser acusados de ofender a nadie, podríamos ver a Luca como un nuevo Ariel, espíritu del aire libre, vagabundo, fluctuante, que declara "estoy preparado para volar, para nadar, para lanzarme al fuego, para cabalgar las nubes onduladas".
En cambio, la música me lleva hacia el Oriente, hacia la Sheerazade redondeada en la espuma de las olas sonoras de Rimskij-Korsakof, pero también al "Poema del éxtasis" de Skrjabin, por esa parte de inquietud y de insatisfacción, de enredo en sí mismo sin encontrar el desahogo ni el alivio que caracteriza al hombre contemporáneo.
Hay que decir y subrayar que éstas son sensaciones individuales y que seguramente otra persona probaría otras sensaciones, mientras que si hacemos la prueba de poner al lado de las imágenes de Alinari otras imágenes, creo que las primeras referencias son explícitas, por muy lejanas en el tiempo que sean. Luca es toscano y por ello, en su manera especial, bebe el gran arte que floreció entre Florencia y Siena en los siglos de oro de la pintura italiana, sobre todo en el Cuatrocientos, bordado de luz neoplatónica y de naturaleza de fábula (el logos y la emoción...) que ha visto nacer las obras maestras de Beato Angélico, de Venozzo Gozzoli, de Masolino. Pero también pienso en Simone Martini y pongo al lado su paisaje encantado - con colinas de pan de azúcar, que acompañan en su ir de castillo en castillo a Guidoriccio de Fogliano - en los árboles recortados en el cielo y en la roca del Cortejo de los Reyes Magos en el Palacio Medici Riccardi o en la peana del Tríptico de Perugia, de Beato Angélico, milagrosa en la unidad de tiempo y de lugar, con los peces que hablan, los santos que vuelan y las velas, las rocas y las colgaduras que aparecen bloqueadas bajo el mismo soplo de viento inmóvil. Alinari tiene algo de mineral, de estelar, de cósmico, casi un polvo de estrellas de la Noche de San Lorenzo que toca a todos sus intérpretes, a partir de Renato Barilli que ve sus objetos como "vocablos preparados para construir un desmesurado repertorio ideográfico, una catalogación universal de todos los aspectos y las caras del mundo", para pasar a Francesco Bartoli (que escribe sobre la "claridad diamantina, traslúcida y engomada" de sus cromatismos) y hasta Marco di Capua que para él hace referencia a Italo Calvino, para luego definirlo como "bizantino", en cuanto "convencido de que todo lo que es imagen se salva, no muere", mientras que "sobre sus pinturas se extiende un velo de absoluto presente, la fijeza alarmante de purísimos iconos".
Pero ojo: si es verdad que la superficie de las pinturas de Alinari parece de cristal, es más, uno de esos cristales especialísimos que en Turquía a mediados del siglo XIX llamaban "ojo de ruiseñor" transparente y opaco, con tallos en forma de espiral de diversos colores; si esto es así, hay que decir que sus "historias en marco", sus cuentos susurrados al oído, sus formas simplificadas como figuras geométricas, todo queda capturado y arrastrado por un torbellino, por un deseo de deformación, por un remolino de vida que pertenece totalmente a la sensibilidad y a la cultura contemporánea. Y la magia del artista es justo la de lograr hacer convivir, llegando incluso a fundir esplendor e inquietud, dimensión encantada y escalofrío de aprensión, deseo de sueño y sentimiento del presente.


 

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