Probable
y posible
Texto de Lucio Cabutti
Su
"mitología individual", como diría Harald
Szeemann, incluye también una tabla de mármol pulido,
en el que el futuro pintor dibujaba a lápiz, cuenta Luca
Alinari, animalejos y barquitos. Pero no se trata de una piedra
calcárea destinada a convertir en eternas imágenes
lapidarias, normalmente confiadas a una materia decisiva desde
tiempos remotos en el desafío ilustre de la memoria contra
las destrucciones del tiempo. Aquel calcáreo compacto,
cristalino, era un mármol de la cocina, y él recordaba
más que nunca que el término "mármol"
deriva del griego "marnasthai" que hacía alusión
al hecho de "romperse": cada vez que escrupulosamente
lavaban la mesa y las bestezuelas junto con los barquitos desaparecían,
borrascosamente, arrastradas y anuladas por la espuma blanca de
los primeros jabones en polvo. Era 1950, Alinari tenía
siete años y la filosofía del detergente seguía
atravesando por una especie de grado presocrático, en espera
del milagro económico y del platonismo consumista que iban
a explotar unos diez años después.
Alinari es hijo de la mutación que ha conducido a un País
salido de las restricciones de la posguerra a saborear una primera
oleada de bienestar. Su formación tiene lugar en los años
todavía inhibidos pero ya estruendosos de la afirmación
de modelos vitales en conexión con la participación
en el crecimiento industrial y en la cultura de masas que estaba
surgiendo. Pero los mitos formativos que el pintor recuerda con
amor son los de las generaciones preconsumistas precedentes, herederas
a su vez de los triunfos coleccionísticos alcanzados por
la reproducción policroma de la imagen a inicios de siglo:
Alinari de niño coleccionaba cromos que le fascinaban,
dice, como primer ejemplo de trasposición iconográfica
de la realidad, fantasía y cosas comprendidas: y añade,
entre otros ejemplos que le vienen a la cabeza, el Pato Donald
de Barks y las fábulas de Andersen ilustradas por Accornero.

Él cree que entre las fuentes originarias de su modo de
percibir visualmente, los lenguajes de los cromos, del tebeo,
de la ilustración de cuentos han dejado una huella no secundaria
en la concepción de su obra y de su poética sucesiva.
La referencia a formas de comunicación tan garantizadas,
fundadas en el traslado simulado a un mundo imaginario, vivido
además como metáfora analógica de la experiencia
real, lleva a una coyuntura que tiene que ver con los primeros
contragolpes provocados por la cultura de masas en la exclusividad
peculiar de la condición artística. El hecho de
que Alinari tienda a dejar en segundo plano los pasajes intermedios,
reconociendo directamente en su coleccionismo de cromos, en sus
lecturas del Pato Donald y de cuentos ilustrados los albores de
su sentido de una visón fantástica y al mismo tiempo
concreta que tiene que ver sobre todo con su producción
de los años Noventa, es indicativo de su identificarse
en el presente como del proyectar su lógica operativa hacia
el tiempo mítico de una identidad que sigue buscando.
Hacia 1960, cuando Alinari cumple 17 años, el existencialismo
informal aparece en la vía del ocaso, mientras que el juego
de los papeles puesto en escena entre abstractistas y realistas
pertenece ya a los misterios obsoletos de los relicarios: new
dada y pop art conquistan la escena internacional, y hacen arrancar
la interacción entre lenguajes de punta y leguajes de base
que abre camino al cambio de dirección de una creatividad
articulada entre arte y vida, concepto y objeto, estructura y
acción. En este terremoto coyuntural de principios de los
años Sesenta se sitúan también las nuevas
reivindicaciones de una prioridad de lo fantástico, que
culminarán en el galanteo de la imaginación al poder
del sesenta y ocho. Pero hemos de llegar a finales de los años
Setenta para asistir al desquite total de estas instancias que
mientras tanto se habían transformado radicalmente en relación
con la herencia surrealista y de las informalidades del art brut,
con las que, por otro lado, seguían siendo afines a través
de su común irreductibilidad al calvinismo colonizador
dominante en el escenario oficial de esa época. La pintura
de Alinari marca este cambio de dirección. El escenario
del mundo cambia, las reglas del juego de "Homologópolis"
se hacen permisivas e hipertextuales, y el mismo mercado interacciona
con estos códigos de homologación más tolerantes
usándolos como un tratamiento reconstituyente incluso para
su propio fordismo.
De hecho, en los años Setenta, sobre todo en Estados Unidos,
las críticas al modernismo y la crisis latente de la idea
vanguardista de progreso iban al paso de la individualización
de una problemática cultural "otra", que iba
definiéndose alrededor del controvertido término
"postmoderno" desempolvado de un contexto que se remonta
a los años Treinta pero ya simplificable en el campo artístico
con surrealismo de los años Veinte y con la respectiva
premonición constituida por la metafísica de De
Chirico de los años Diez. En Europa, esta toma de conciencia
se convirtió luego en motivo de reflexión especialmente
en Francia; pero también en Italia la difusión del
verbo liberador había sido sujeto de afirmaciones debatidas,
exposiciones, teorías, promociones, hasta identificarse
en un sistema visivo que iba desde la arquitectura a la gráfica
pintura y diseño incluidos. Las referencias de Alinari
a este clima de postmodernismo, como sucedió para los artistas
del transvanguardismo son consonantes o también explícitas:
un elemento histórico de su visión rica de narración
pero aparentemente sin historia se manifiesta pues en su transformación
en intérprete de esta situación mutante y desinhibitoria,
llegando incluso a contribuir a su difusión, enfocando
y cultivando intensivamente su propio inventario de un universo
funanbulesco y singular, donde el invento que roza con la ironía
se alterna con la vitalidad "artificiosa".
Las imágenes de Alinari cruzan los años Ochenta
y Noventa con esta conciencia de recorrer un mundo cuya naturaleza
permanece inescindiblemente asociada con la simulación
y la mecánica de la construcción fantástica.
Su historicidad no se limita a un sentido de postmodernismo de
origen ensayista o didascálico, sino que se concreta dentro
del proceso imaginativo como vuelco del mito naturalista: en el
desencanto de un edén que no ha existido jamás,
lo importante es el sabor del aventurarse a la virtualidad, artificial
por definición, de lo inventado, es el gusto por el deslumbramiento
por la materia, es la sorpresa de la metamorfosis que une las
figuras y el ambiente con sus palidecidas versiones pictóricas,
donde el ilusionismo de la percepción trasladada cede el
paso a la conciencia del personaje y del escenario que se representan
a sí mismos en el "teatro" de la obra.
Así pues, la resonancia de la pintura frente a la historia
contemporánea consiste en su contribución activa
a las génesis y luego a la elaboración de un lenguaje
visual dirigido a la fabricación de una memoria de señas,
luego de señales y por último de símbolos,
del empuje cultural dado al modelo estético que estaba
surgiendo provocando el deslizamiento hacia su uso generalizado
en formas socialmente compartidas.
Se plantea en efecto una pregunta sobre los destinatarios hacia
los que se dirige el mensaje, ya sea en la propuesta como en el
planteamiento de un estilo, y su consenso sólo fragmentariamente
organizado vale como un ensimismamiento interactivo frente a acontecimientos
y "visualizadores" investidos de una virtual representatividad
del mítico espíritu de esa época. La respuesta
del público y del mercado obtenida por Alinari en los años
Noventa suena como la confirmación de una identidad artística
compenetrada con la inmediatez y con el fundamento empresarial
en el sentido de la época. La distribución como
exploración, pero también como conquista de una
credibilidad histórica corresponde a los test de homologación
no menos que los eventos críticos, los reconocimientos
institucionales y la significación cualitativa. A pesar
de ello, la acumulación de las posibilidades interactivas
de la obra frente a un futuro imprevisible y alieno. Cuando Jeremías
Bosch desencadena dentro del orden ético, sobrehumano y
proverbial de la pintura su propia mezcolanza confusa de "extrañas
apariencias y espantosos, hórridos sueños"
de los que escribía otro pintor, pero también poeta
y escritor de arte, Giovanni Paolo Lomazzo, Freud y el surrealismo
estaban como mucho ya latentes en la psique turbada de Nostradamus
niño; pero de seguro el psicoanálisis y la teorización
de lo surreal que tuvo lugar cuatro siglos después dio
más luz a la interacción creativa entre "el
ojo atónito (como lo definía otro pintor y poeta,
el flamenco Dominicus Lampsonius, también éste del
siglo XVI) del artista de `s-hertogenbosch y los ojos obsesionados
de sus contemporáneos, y por ello también sobre
las posibles interacciones creativas entre su común sentido
del imaginario y los ojos psíquicamente despabilados del
siglo XX, donde el "attonitus" del ojo, que en latín
de los humanistas seguía significando "atontado por
un rayo", pero también "fulgurado" por la
inspiración poética, nos vuelve a reenviar al "espíritu"
o "demonio" de la clarividencia, implicada así
en la confrontación por misteriosa mediación, con
un futuro alieno. El lenguaje de Alinari actúa tras el
nacimiento del psicoanálisis y la "prohibición"
de la revolución surrealista, pero la lógica de
su visión, en este contexto histórico invertido,
se presenta más electivamente afín a la codificación
de los siglos XV y XVI del subconsciente que a la mediación
entre sueño y vigilia planteada por la vanguardia histórica
del siglo XX en el nombre de la clarividencia cotidiana. La generación
postmoderna lee en un gran libro de la naturaleza que se ha transformado
en un catálogo de reconstrucciones de objetos.

AutoLuca
del catálogo "Sacro Cuore", Circolo Italsider,
San Giovanni Valdarno, 1974.
Para el Bosco como para Dante, la arquitectura de la conciencia
atribuía los papeles a través de un juego de las
partes que salvaba la distancia formalizada del bien del mal:
el rapto onírico en las visiones vertiginosas de un mundo
angelical y demoníaco, con el sueño de la razón,
controla los monstruos. El lenguaje visual "vulgar"
de la sátira en flamenco se alterna con un lenguaje alegórico
alto, pero siempre peculiarmente realista. Para Alinari la estructura
de la conciencia es de orden nítidamente estético,
y la articulación de la escena concede igualdad de condiciones
a personajes, paisajes, casas o cosas: todo contribuye a la aletoriedad
del conjunto y aparece homogeneizado, intercambiable, sápido.
Todo, dando goce, forma parte del juego, en el espíritu
lúdico de un post-modernismo que sabe viajar hacia atrás
en el tiempo hasta resalir a las fuentes del manierismo florentino
e internacional, y a los arquetipos de una tradición ornamental
que se desliza desde el Renacimiento tardío, al siglo XVII
y a un sentido germinante y suntuoso de la maravilla ya atracado
en un exuberante barroco, pero donde el autocontrol específicamente
técnico de una razón pictórica bien despierta
controla los nacimientos de los "monstruos" y transforma
cada instinto vital o destructivo en fuegos artificiales de un
espectáculo caleidoscópico y brillante: en la segunda
mitad de los años Noventa las obras de Alinari se juegan
más que nunca sobre la continuidad combinatorial de esta
vena productiva puntual, calibrada y complaciente, que alterna
en la paleta las lámparas de luz solar y la iluminación
nocturna; y ya está el set.
Escenógrafo experto de sus propias pinturas, Alinari subraya
y reivindica, por otra parte, su relación con la experiencia
concreta "pinto cuadros de cosas y de detalles", sigue
declarando, para evitar equívocos sobre su primitivismo
infantil planteado como hipótesis por algún intérprete,
aun cuando hagiográficamente sublimado por referencias
del Trescientos; y su afirmación no excluye el gusto de
la puesta en escena, la puesta en pose dominante de su cosmos
de la imaginación - como para el Bosco, el "ars combinatoria"
del imaginario incluye las referencias a la realidad de la vida,
a la figura y a la naturaleza acompañadas por la iconografía
en fibrilación de un postmoderno a la italiana que se mueve
en el pasado llegando a los antecedentes manieristas. Como para
los personajes plebeyos o ultraterrenos del Bosco y para el Pato
Donald de Barks, las cosas y la realidad entran en relación
con el escenario del cuadro o de la tira de comics a través
de la mediación creativa del lenguaje: la ética
representada en la alegoría o en la sátira, y también
en la alegoría satírica o en la sátira alegórica,
no menos de la gag periodística y de la moral de la fábula,
sabe dirigirse a los adultos incluso más que a los niños,
y su planteamiento fabuloso refleja a flor de piel, en el ambiente
trasladado y cargado de encendida expresividad, el valor antropológico
de la poética de Alinari.
De este modo el pintor individualiza las configuraciones de tipologías
recurrentes. Como Sandro Chia, Luigi Ontani y otros exponentes
de un nomadismo voraz e identificador en la historia del arte,
Alinari reactiva modelos visuales llegados de lejos, arquetipos
formalizantes de otras épocas, estilos rebuscados y remotos
que pronto son arrastrados y arrollados en la fluidez hipertrofiada
y siempre en forma, entrenada y resonante, de la pintura.
El gran modelismo estético y cultural que triunfó
en los primeros años Ochenta, constituido por la nueva
visita analógica del manierismo, ofrece una clave exegética
para advertir, entre las dos épocas comparadas, algunas
interacciones en la diversidad. El uso típico del Quinientos
de los términos "manera moderna" o "gran
manera", que encontramos en las Vidas de Giorgio Vasari en
relación con los más excelentes arquitectos, pintores
y escultores, nacía una concepción de la "excelencia"
que relacionaba la superación con la imitación:
el campeón el Miguelángel, pues supera a sus contemporáneos
que casi han "vencido" a la naturaleza, pero también
a los antiguos que de seguro han superado a la naturaleza, triunfando
sobre ambos y sobre la naturaleza misma, y abriendo pues camino
hacia una imitación de la obra de los maestros en lugar
de la naturaleza.
Para Alinari, como para los demás, transvanguardistas y
citacionistas incluidos, contribuyen a la toma de conciencia del
postmodernismo participando en el correspondiente relevo, el modelo
operativo de un arte nacido del arte más que de la naturaleza
(o bien también de un arte, quizás, considerado
como naturaleza) que ya no responde a la pura dinámica
de la superación y de la imitación de un punto de
referencia. Al énfasis vanguardista del adelantamiento
en relación con la linealidad modernista del progreso cultural
del que la visión postmoderna toma explícitamente
las distancias, se contrapone un modo de obrar pluridireccional
que alcanza su formulación más globalizada en las
poéticas "no gravitantes". En otras palabras,
Alinari extiende hacia un pasado plurisecular su propio horizonte
de referencia y de interacción, proyectando de vez en vez
su propio lenguaje y el correspondiente ensimismamiento a un juego
de ecos evocativos de otras épocas y de otros lugares:
el modernismo unidireccional de la evolución histórica
en cada obra vivida como hipertexto cronológicamente estratificado,
o sea, como conjunto de secuencias posibles que marcan diferentes
niveles de penetración "de" y "en el"
pasado, iconografía manierista incluida.

Luca
Alinari acompañado de María Murgía y de Marina
Lai
Quedan lejos las épocas en las que el término manierismo
asumía perentoriamente un valor negativo. La conciencia
del arte nacido del arte no se reactivaba exclusivamente como
prerrogativa de las poéticas destinadas a hacer participar
referencias icónicas con pasado, sino que ha ejercido una
influencia, en otros sentidos, en el arte conceptual. Y, en este
sentido, prueba de ello es que la rehabilitación conclusiva
del despreciado manierismo haya tenido lugar en los años
Veinte, por parte de una época que en las crisis del espíritu
del Quinientos, en su estilismo lunático y artificial,
y en el "desenfreno" mental e inquietante de sus musas
encontraba muestras de sus propias crisis y de su propia tormentosa
expresividad. Alinari los exorciza transformándolos en
la "apretada" y maravillada trama de un cuento, donde
el desamparo deja presagiar el final feliz como corresponde a
toda fábula para adultos que se respete, y el lanzamiento
vital del aparato cósmico reenvía a la fruición
razonada del encanto y a su integración cosmética
en el sistema formal germinado sobre las cenizas de la modernidad:
es donde la seducción pictórica está a la
orden del día.
Es así como Alinari engarza los acontecimientos individuales
de su pintura con las más generalizadas vicisitudes del
arte, y obtiene circunstanciadas y crecientes, que se articulan
entre el testimonio metódico del hacer, las inventivas
variantes de las vistas típicas y la indentificación
interpretativa con los restos de la memoria histórica.
Los viajes - aventura a las dimensiones remotas del pasado y las
paradas en los sitios más usuales de su repertorio representan
en realidad la cara y cruz de la moneda. El universo de Alinari
es sistemático, en perenne expansión, dirigido a
una siempre inestable complejidad, pero fundamentalmente unitario.
"La historia universal", ha escrito Jorge Luis Borges,
"es la de un hombre solo". El pintor "navega"
en la historia del arte con probada determinación para
encontrar en el fondo, en cada sedimento del tiempo, su propio
tiempo. Su ruta transforma la alta mar en un puerto seguro.
Autor de marinas y de paisajes de colinas, de caprichosos interiores
de estilo postmoderno orquesta la reconstrucción presencialista
de su propio sistema cósmico a través de una estética
bipolar oscilante entre lo orgánico y lo geométrico,
tenidos en todo momento bajo control métrico formal, pero
dentro de una proyección ambiental que brota, tras varias
generaciones de diseñadores y de copywriter, en el surco
abierto por el manifiesto de la reconstrucción futurista
del universo proclamada por Giacomo Balla y Fortunato Depero en
el remoto 1915. Alinari de esta manera juega también la
carta de otras sutiles afinidades que unen el manierismo tardo
moderno de los nuevos manieristas con el manierismo tardo renacentista
de Quinientos: la puesta en escena es, pues, chispeante, aguda,
eléctrica, tendida a punta de pincel; y sin solución
de continuidad: la arquitectura de interiores pasa a ser en otros
cuadros arquitectura de paisajes; el pleno campo se decora con
árboles enroscados policromos como si fuera una habitación,
y entre cojines y colinas que parecen de plástico la diferencia
es sólo aparente, mientras que un despliegue de forma espirales,
esferas, pompas de vegetación, hinchadas como globos, concreciones
misteriosas y otros restos de naufragios metafísicos ocupa
los puntos estratégicos de la representación entre
casas, campanarios y figuras bajo arcos de cielo salpicados por
improbables nubes.
Alinari apuesta por una mesurada mezcla de redundancia sensual
y carácter de visceral. La ostentación generosa,
desbordante, barroca de la reconstrucción ambiental gratifica
al espectador favoreciendo su percepción del cuadro a través
de la variedad del color y la respiración plástica
de la forma, mientras que la perturbación latente de algunas
partes de la obra vale como metáfora de una más
directa correspondencia entre instintos e imagen. Las obras incluyen
esta dialéctica interna de la génesis misma de la
representación, que de esta manera, resulta intensificada:
la ligera perturbación provocada al orden constituido de
la escena, añade a ésta la sal de un momento más
"casual", rudo, "brut", la indeterminación
de una deriva psíquica, el encrespamiento informal de un
gesto alusivamente transgresivo: y se da un papel análogo
al que jugaba para los manieristas "la licencia que no siendo
regla, fuera ordenada en la regla", como escribía
Vasari, añadiendo gracia y perfección a la inventiva
contaminación del hipertexto pictórico y de la "hipertextura"
que es resultado en el Quinientos. Pero en la pinturas de Alinari,
los años Noventa marcan el arranque de una producción
organizada en términos de una creatividad que se caracteriza
por el desapego más que por la participación. En
el ámbito del repertorio imaginario, su pintura se vale
de una abundante variedad de sujetos, eventos, figuras, formas,
objetos, interconexiones, deslices cromáticos, apariciones
y modelos. Más allá del velo de fantasma que acentúa
su virtualidad deseosa, su escena se presenta al público
como la viviente complejidad de una imagen coordinada, rica de
juegos de partes, sistemática en su inventiva casualidad:
el universo fantástico al que tenemos ocasión de
acceder y umbral, reversiblemente, destinado a la exploración
en la reverberación de una errática razón
fuera de la fábula. La facultad de cambiar continuamente
de lugar, arraigar con facilidad en los espacios más improbables,
desaparecer y volver a aparecer para traslados y abandonos imprevisibles,
no es sólo característica de su flora de silicona.
Alinari es un enciclopedista de la clarividencia, un sutil humorista
de la rêverie, un coleccionista puntilloso de evidencias
extrañas y extrañadas en el curso mismo de la ejecución
pictórica. El uso "grand tour" del hipertexto
mental de la fantasía no refleja la devoción del
peregrinaje ni tampoco la petulancia ideológica de la cruzada,
sino la curiosidad y el buen gusto ensayista del ilustrado. La
estructura antropológica del imaginar de esta manera lo
recorre con el ánimo analítico de una pintura indagante,
que además reconstruye constructivamente, una especie de
extensión creativa artificial. Así la peculiaridad
iconológica de su poética es como un "software"
orgánico, conformado a un modelo y espiritual para focalizar
las pinturas, y también para volver a ver y revisar, a
través de los ojos de las obras, el campo óptico
cotidiano, mirándolo de una forma nueva, un poco menos
estereotipada y un poco más "a la Alinari".
La luz que enciende incluso en los nocturnos la visión
deslumbrante del pintor aparece tendencialmente codificada, simuladora,
artificial. Su proveniencia de áreas del postmodernismo
y de sus alrededores, notoriamente excelentes en el diseño
de lámparas, hace que estas calidades de sus iluminaciones
sean particularmente consonantes con los estilos de los lenguajes
visivos surgidos de las tecnologías electrónicas
de la elaboración de imágenes, computer art incluido.
La interacción indirecta que se entrevé entre los
cuadros de Alinari y la estética sin formación suena
como confirmación de la "participación"
cultural vivida por el pintor ya sea frente al presente como frente
al futuro. En este sentido, su universo imaginario también
juega en la realidad sus propios partidos decisivos con la existencia
y con la creatividad, dándose perfectamente cuenta de que
en la época de la ligereza "post-humana" los
comunes sentidos de lo real y de lo imaginario, entre vortiginosas
mezclas de cartas de lo posible, de lo probable y de lo realmente
virtual, corren más sorna de su tiempo y de otros tiempos,
guiado por su fantástico iluminismo, Alinari apuesta más
que nunca por la sugestión comunicativa de la pintura.
Y prosigue decididamente su caleidoscópico viaje de estudios
y de exploración a través de la edad de la iluminación
informática y de las realidades virtuales cotidianas.