El
campo de los ecos cruzados
"Me
parece ver mi yo a través de una lupa que lo refleja y
multiplica;
todas las figuras que se agitan a mi alrededor, son otros yo,
y yo me enojo por su modo de actuar..."
E.T.A. Hofmann
Texto
de Marilena Pasquali
En
el descampado luminoso del posible vive la pintura de Luca Alinari,
pintura que él mismo define como "convivencia de antónimos"
y que resuelve en imágenes de "provisionalidad permanente".
El juego de la feliz unión de dos ideas contradictorias
(sí, también el juego, pues una parte lúdica
ha de quedar para quitar peso a la intensidad del pensamiento
que rige y justifica la obra) es una costumbre connaturalizada
y para nada retórica, ejercicio cotidiano en el que los
antónimos encuentra sitio en el exaltación y no
de seguro en la negación del otro, haciendo nacer de su
encuentro una nueva inédita "figura" del pensamiento,
mucho más rica, más inalcanzable y por lo tanto
más seductora que los dos términos que la han generado.
Sólo con mirar las obras de Luca - y sobre todo las recientes,
dominadas por el blanco y por presencias intensas, aparentemente
silenciosas e incluso, a su manera, solemnes - un tropel de ecos
cruzados me llena la cabeza y pide salir, recibir atención,
encontrar un nombre.
He aquí el primero, fuerte feliz unión de dos ideas
contradictorias: la colmada levedad de sus figuras. Ligero es
el contexto, la luz el filtra de cada nota cromática a
través de la malla traslúcida de la superficie del
fondo. Las figuras - hombres y mujeres, sobre todo, y luego manos,
rizos, perfiles, arquitecturas, caballitos alados, juegos, sillas
y mesitas descabelladas y extranjeras como las del diseño
postmoderno - parecen más bien ovillos de algodón
de azúcar, formas hinchadas de aire están con la
concreta redondez de pequeños espíritus shakesperianos
disfrazados de payasos blancos.
Ya en el pasado el artista ha sabido evocar, o sea, sacar del
fondo de su imaginación formas blandas y figuras ligeras
cercanas a las de hoy y como éstas, un pellizco crueles
- La pelicola che ci protege de 1994, por ejemplo, o Sapere
senza pensare de 1998 -, pero ahora sus personajes han adquirido
más carácter, mayor fuerza en la exaltación
de lo que Edoardo Sanguinetti llamó "efecto extrañamiento"
mientras que las parece que "cosas al lado" - sigue
diciendo el poeta genovés - retrocedan hasta entrar en
el tejido vibrante del fondo.
E inmediatamente surge la segunda figura de contradicción
y de asonancia: la complejidad explotada del paisaje, en una condición
de inquietud y de inestabilidad de las sensaciones, en una dimensión
un poco border line en la que a menudo parece que el espacio de
la imagen quiere anularse y el paisaje - tan amado por el artista,
pues es suficiente asomarse a una ventana de su casa en el campo
florentino para sumergirse en el mundo encantado caballeros y
de santos recortados por la luz con el fondo de colinas y cipreses
y olivos - el paisaje, decía, es presa de una poderosa
fuerza centrífuga y se contrae en enjambres de meteoritos,
últimos restos de una naturaleza explotada que no tiene
ninguna intención de recomponerse.
A menudo la intención del artista se hace todavía
más explícita, pues este paisaje suyo aparece representado
en citación, dentro de un marco que lo reduce a icono de
sí mismo, como un pequeño Alinari colgado torcido
en una pared que no existe. Otras veces la naturaleza prefiere,
por el contrario, contraerse en símbolo de una rama de
olivo, de una garra o tentáculo, o incluso de púas,
mostrando toda su agresividad y desesperación en un mundo
asediado y devastado que ya no se comprende ni a sí mismo.
De esta manera lo real, incluso lo elegido por el artista como
su expresión privilegiada, puede sólo entreverse,
mirarse de soslayo a través (hay siempre un "tra",
un límite, algo que crea y al mismo tiempo excluye el horizonte)
de minúsculas partículas explotadas, separadas unas
de otras como fichas de un puzzle no montado y que ya no podrá
volverse a montar.
Quizás en la pesadez obtusa de la época que estamos
viviendo las historias mínimas de Alinari han perdido el
sentido de la fábula como ilusión, pero no su encanto,
ni esa vena sutil, fatal crueldad que hace de ella espejo insustituible
de la existencia. Sus figuras se han hecho ídolos fuera
del tiempo (esto es también un modo de huir de su tiranía)
con una fijación desconcertante, con la mirada inmóvil
de Medusa petrificada de un rostro de Piero: ya Marco di Capua,
hace algunos años, subrayaba su "fijeza alarmante
de purísimos iconos", hoy podemos añadir que
su carácter atemporal introduce a una dimensión
contemplativa, abstracta del fluir de lo cotidiano y del consuelo
del sueño, donde Ariel se transforma en un demonio neoplatónico
y la levedad del Beato Angélico deja espacio a la gravedad
de Piero (hay un pastel del 2003, La casta che si interpone, "cuadro
palíndromo", como lo define su autor, en el que el
rostro frontal, inmóvil, duplicado como una figura de tarot,
tiene la fijación huidiza, pues enigmática de la
Reina de Saba en las Historias de Arezzo).
También en los rostros de Bivacco di scimmie femmine
o de Materia di cui encontramos el mismo estado de concentración
casi hipnótico, esa impresión de fijeza huidiza
que han intentado definir recurriendo al "padre Piero",
pero que de manera igualmente legítima podríamos
hacer remontar al universo neoplatónico de Botticelli (¿cómo
podría el Florentino Alinari no beber de las fuentes mismas
de la imagen, de ese rostro purísimo, sacro pero no santo,
de la Primavera, la diosa de la imagen que siempre regresa?).
Sus mujeres son diosas absortas, son "galaxias suspendidas
en el espacio," como ha observado José Saramago en
un rápido pero agudo apunte redactado para Luca, palabras
a las que podríamos unir - para todo lo que sirve de adorno
de estos ídolos, de estas "cosas al lado" - una
segunda reflexión del gran escritor portugués, un
pensamiento fulgurante sacado de las primeras páginas de
su última novela, El hombre dupicado "... el libro
se encuentra donde ha sido dejado, aquí, en la mesita central,
en espera, él también.... en espera, como están
siempre las cosas, todas, no pueden sustraerse, es la fatalidad
la que las gobierna, parece que forme parte de su invencible naturaleza
de cosas".
El cursivo es mío para subrayar la plenitud de la observación
y para dejarla caer en el microcosmos de la pintura de Alinari,
donde parece que cada elemento, incluso el más aparentemente
accesorio, se escapa de la dimensión de lo efímero
e incluso de la memoria para entrar en la de la necesidad.
Un último eco cruzado me ataca y me sorprende: la crueldad
estática del doble, porque si es verdad que la mirada de
los ídolos de Luca se dirige siempre al interior, impenetrable
e inaccesible, es también cierto que existe siempre una
segunda mirada, un segundo Yo que, desde un segundo punto dentro
de la imagen - y a veces da la impresión que también
desde fuera - observa el primero y, en el silencio de la impasibilidad,
establece con él ese contacto del que, quizás, nace
toda la imagen.
Alinari parece embrujado por el doble. (Mosche nei pugni, Con
i piedi sulle orme de 2002, pero también, muchos años
antes, Doppio del 1983 e Piccole coppie sole de
1990) pero no es el único, visto que el tema - el doble,
el alter ego, la sombra que no se separa nunca del hombre - es
uno de entre los más sentidos de toda la cultura occidental,
desde el mito de Narciso a las fábulas del Romanticismo,
hasta los nuevos horizontes de pensamiento y de imagen abiertos
al inicio del siglo XX desde el nacimiento del psicoanálisis
y de la investigación de lo profundo.
En él el doble no es una sombra, no es un imitador, sino
que es el salir a flote de una realidad, es un espejo del Yo que
tiene su mismo rostro, quizás es la imagen de una realidad
interior que toma cuerpo y mira, en ausente participación,
el mostrarse inquieto y vital de su referencia traducido en forma
y color en medio del espacio.
Como dice el mismo artista en un cuadro suyo de 1996, esto es
"color que piensa". Pero hay una grande, sustancial
diferencia: entonces, hace sólo siete años, alrededor
de la figura florecían arbolitos y rosas, hoy los tallos
son puntiagudos y crueles como alambre de púas.