ALINARI, Luca
(Florencia, 1943)

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Colores esquizofrénicos


Texto de Raffaele Nigro

En tanto se trata de bastidores detrás de los que esperamos que actúen de un momento a otro duendes enloquecidos. Estos duendes están ausentes, por el momento, pero sabemos que están trabajando, detrás de las protuberancias, en las casas, tras las montañas... En el paraíso eléctrico de Alinari sólo las casitas hablan de la presencia humana.
Es la proyección de un autor que piensa a través del color y que quiere dar color a su propio sentimiento. Son bastidores dispuestos a acoger títeres animados, dibujos, los fantasmagóricos personajes de una Disneylandia de cenicientas y enanos y de gatos-silvestres y ratones transportados a un ambiente hogareño. El país de los pitufos, un país de la infancia y de la memoria que ha sido abatido por algún desastre.
En tanto Alinari es toscano. Y esto lo percibo en el panorama. Colinas, tejados puntiagudos, vaquierías, pinos cipresales, ríos que serpentean entre líneas ondulantes. La geometría de las casas se alterna con la redondez de la orografía y de la flora. Si no fuera por el color reconocerías el paisaje de Giotto y de Gentile da Fabriano. Si ese paisaje estuviera un poco más sujeto a las reglas del realismo percibirías el silencio de las aldeas y de los campos descritos por la poesía de Leopardi o aún mejor el neorrealismo descriptivo de Pratolini o de Pavese. Un paisaje de los Apeninos, hecho de aguas que corren y de flora, de bastidores de colinas y de campos cultivados, de hileras de viña y de árboles frutales.
Pero sus colores son los colores esquizofrénicos de un pintor expresionista que acaba de dejar la bodega, el vaso, el jarro y que ve las colinas travestidas de vino y de sangre, el cielo como una fresa virolenta, las montañas convertidas en turquesas y los prados horrorosamente incendiados por la calamidad. Una iconografía típica de los miniaturistas medievales de los infiernos y de los triunfos de la peste.
Parece que el mundo se haya hecho de plástico, de goma, de esponja.
Entre estos bloques de materia artificial, los árboles son bayaderas con troncos sinuosos a punto de bailar una danza del vientre o serpientes que una banda de flautas pretende domesticar.
¿Pero qué es lo que hace que Alinari sea un daltónico? ¿Por qué la naturaleza se ha dado la vuelta y los ojos ya no tienen intención de leer como deberían y las colinas se rizan como pulpos y lanzan sus brazos y sus ramificaciones y las nubes se transforman en serpenzuelas, se hacen añicos en una miríada de ovillos y la paleta se sobrecarga de tonos?. No, no me parece un paisaje natural el que representa nuestro pintor. Ni tampoco es ya una felicidad adormecida y fuera de la historia, como en la tradición naif o en la pintura milagrera umbo-toscana. Aquí estamos ante un expresionismo apocalíptico ante una figuración, de tebeos pero que ha perdido la ligereza adolescente de los comics y de sus devoradores.
Si la pintura también es metáfora, creo que Alinari se mueve por oposición expositiva reproduciendo un mundo como el que no queremos. Aspira así a otro mundo, un mundo opuesto al que representa.
De hecho, en sus cuadros es como si la naturaleza de repente fuera agitada por un movimiento de aire, por un desbarajuste interior, por un terremoto cuyas causas son la reacción a lo realizado por el hombre.
La tensión arterial de la naturaleza ha creado una deflagración en el sistema circulatorio produciendo una especie de infarto. Por ello todo el mundo se encuentra en un estado febril que presagia una situación de black out, de necrosis. Los colores han enloquecido, son los colores de la violencia y de la ira, como sucede en el pantalla de una televisión cuando una pieza electrónica salta.
Y el arte también salta, como, el cerebro perdido de los hombres. El arte se convierte en la imagen de una relación degenerada entre sociedad humana y la naturaleza y la obra de Alinari cumple la función mimética de representar el mundo alterado. El mundo o la imagen del mundo tal y como se le aparece a la fantasía infeliz del autor.
Pero todo esto está construido con un sabio y astuto contraste típico de la poesía al revés. El mundo del que parte y que tiene intención de representar Alinari es el de la pintura de Rosai y de los realistas de Strapaese. La tradición sigue siendo toscana, pero la jocosidad geórgica, el placer de la representación campestre, los panoramas extraurbanos, las amenidades de las colinas, los jardines, las aldeas, las vaquerías que deberían darnos serenidad están incendiados con colores desbarajustados, innaturales, infernales, daltónicos. Alinari se inventa una realidad que en la forma es aparentemente alegre pero que en realidad es sardónica. Dilata o reduce las dimensiones, construye un mundo falsamente poético e infantil, un paisaje del juego y del sueño. Pero lo repito: todo ello es falso. El sueño no es un sueño, es una pesadilla que quiere hacerse pasar por sueño.
El agua es aparentemente cristalina, los ríos parecen aún azules pero no son alcanzables ni potables, el campo es alegre en apariencia, pero en realidad está rociado de anticriptogámicos, el cielo está cruzado por gotas de veneno y el hombre, cuando aparece, es una caricatura de sí mismo, un muñeco, un robot en acción, una broma de la naturaleza prisionero de la maquina destructora que ha reparado. Las figuras de Alinari han perdido la profundidad de la conciencia tal como la ofrecían las miradas que otro toscano, Amedeo Modigliani, regalaba a sus criaturas y ha dejado sólo formas ansiosas, trastornadas, geométricas. O sea, muñecos. O si no infelices que toman conciencia de una condición de extrañeza del mundo en el que viven y que se consumen en la melancolía de su descubrimiento.
En la falsa alegría de las obras bucólicas de Alinari se celebra la infelicidad del mundo asesinado por el progreso, devastado por la necesidad de dominar la naturaleza y de explotarla con fines utilitarios. Esta pintura no nos ofrece los colores como la creación le ha impuesto a las cosas, sino la alteración cromática de una naturaleza enferma, febril, una naturaleza pálida como la muerte o ensangrentada como un cuerpo destripado. Y todo esto, si mi lectura es correcta y no está falseada por una ebriedad cromática, queda escondido por un sabio juego de contrastes y de mimesis donde la presentación naif y edulcorante esconde un significado que el efecto caricaturesco del dibujo y la violencia de los colores, en cambio, tienden a denunciar.



 

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