Colores
esquizofrénicos
Texto de Raffaele Nigro
En
tanto se trata de bastidores detrás de los que esperamos
que actúen de un momento a otro duendes enloquecidos. Estos
duendes están ausentes, por el momento, pero sabemos que
están trabajando, detrás de las protuberancias,
en las casas, tras las montañas... En el paraíso
eléctrico de Alinari sólo las casitas hablan de
la presencia humana.
Es la proyección de un autor que piensa a través
del color y que quiere dar color a su propio sentimiento. Son
bastidores dispuestos a acoger títeres animados, dibujos,
los fantasmagóricos personajes de una Disneylandia de cenicientas
y enanos y de gatos-silvestres y ratones transportados a un ambiente
hogareño. El país de los pitufos, un país
de la infancia y de la memoria que ha sido abatido por algún
desastre.
En tanto Alinari es toscano. Y esto lo percibo en el panorama.
Colinas, tejados puntiagudos, vaquierías, pinos cipresales,
ríos que serpentean entre líneas ondulantes. La
geometría de las casas se alterna con la redondez de la
orografía y de la flora. Si no fuera por el color reconocerías
el paisaje de Giotto y de Gentile da Fabriano. Si ese paisaje
estuviera un poco más sujeto a las reglas del realismo
percibirías el silencio de las aldeas y de los campos descritos
por la poesía de Leopardi o aún mejor el neorrealismo
descriptivo de Pratolini o de Pavese. Un paisaje de los Apeninos,
hecho de aguas que corren y de flora, de bastidores de colinas
y de campos cultivados, de hileras de viña y de árboles
frutales.
Pero sus colores son los colores esquizofrénicos de un
pintor expresionista que acaba de dejar la bodega, el vaso, el
jarro y que ve las colinas travestidas de vino y de sangre, el
cielo como una fresa virolenta, las montañas convertidas
en turquesas y los prados horrorosamente incendiados por la calamidad.
Una iconografía típica de los miniaturistas medievales
de los infiernos y de los triunfos de la peste.
Parece que el mundo se haya hecho de plástico, de goma,
de esponja.
Entre estos bloques de materia artificial, los árboles
son bayaderas con troncos sinuosos a punto de bailar una danza
del vientre o serpientes que una banda de flautas pretende domesticar.
¿Pero qué es lo que hace que Alinari sea un daltónico?
¿Por qué la naturaleza se ha dado la vuelta y los
ojos ya no tienen intención de leer como deberían
y las colinas se rizan como pulpos y lanzan sus brazos y sus ramificaciones
y las nubes se transforman en serpenzuelas, se hacen añicos
en una miríada de ovillos y la paleta se sobrecarga de
tonos?. No, no me parece un paisaje natural el que representa
nuestro pintor. Ni tampoco es ya una felicidad adormecida y fuera
de la historia, como en la tradición naif o en la pintura
milagrera umbo-toscana. Aquí estamos ante un expresionismo
apocalíptico ante una figuración, de tebeos pero
que ha perdido la ligereza adolescente de los comics y de sus
devoradores.
Si la pintura también es metáfora, creo que Alinari
se mueve por oposición expositiva reproduciendo un mundo
como el que no queremos. Aspira así a otro mundo, un mundo
opuesto al que representa.
De hecho, en sus cuadros es como si la naturaleza de repente fuera
agitada por un movimiento de aire, por un desbarajuste interior,
por un terremoto cuyas causas son la reacción a lo realizado
por el hombre.
La tensión arterial de la naturaleza ha creado una deflagración
en el sistema circulatorio produciendo una especie de infarto.
Por ello todo el mundo se encuentra en un estado febril que presagia
una situación de black out, de necrosis. Los colores han
enloquecido, son los colores de la violencia y de la ira, como
sucede en el pantalla de una televisión cuando una pieza
electrónica salta.
Y el arte también salta, como, el cerebro perdido de los
hombres. El arte se convierte en la imagen de una relación
degenerada entre sociedad humana y la naturaleza y la obra de
Alinari cumple la función mimética de representar
el mundo alterado. El mundo o la imagen del mundo tal y como se
le aparece a la fantasía infeliz del autor.
Pero todo esto está construido con un sabio y astuto contraste
típico de la poesía al revés. El mundo del
que parte y que tiene intención de representar Alinari
es el de la pintura de Rosai y de los realistas de Strapaese.
La tradición sigue siendo toscana, pero la jocosidad geórgica,
el placer de la representación campestre, los panoramas
extraurbanos, las amenidades de las colinas, los jardines, las
aldeas, las vaquerías que deberían darnos serenidad
están incendiados con colores desbarajustados, innaturales,
infernales, daltónicos. Alinari se inventa una realidad
que en la forma es aparentemente alegre pero que en realidad es
sardónica. Dilata o reduce las dimensiones, construye un
mundo falsamente poético e infantil, un paisaje del juego
y del sueño. Pero lo repito: todo ello es falso. El sueño
no es un sueño, es una pesadilla que quiere hacerse pasar
por sueño.
El agua es aparentemente cristalina, los ríos parecen aún
azules pero no son alcanzables ni potables, el campo es alegre
en apariencia, pero en realidad está rociado de anticriptogámicos,
el cielo está cruzado por gotas de veneno y el hombre,
cuando aparece, es una caricatura de sí mismo, un muñeco,
un robot en acción, una broma de la naturaleza prisionero
de la maquina destructora que ha reparado. Las figuras de Alinari
han perdido la profundidad de la conciencia tal como la ofrecían
las miradas que otro toscano, Amedeo Modigliani, regalaba a sus
criaturas y ha dejado sólo formas ansiosas, trastornadas,
geométricas. O sea, muñecos. O si no infelices que
toman conciencia de una condición de extrañeza del
mundo en el que viven y que se consumen en la melancolía
de su descubrimiento.
En la falsa alegría de las obras bucólicas de Alinari
se celebra la infelicidad del mundo asesinado por el progreso,
devastado por la necesidad de dominar la naturaleza y de explotarla
con fines utilitarios. Esta pintura no nos ofrece los colores
como la creación le ha impuesto a las cosas, sino la alteración
cromática de una naturaleza enferma, febril, una naturaleza
pálida como la muerte o ensangrentada como un cuerpo destripado.
Y todo esto, si mi lectura es correcta y no está falseada
por una ebriedad cromática, queda escondido por un sabio
juego de contrastes y de mimesis donde la presentación
naif y edulcorante esconde un significado que el efecto caricaturesco
del dibujo y la violencia de los colores, en cambio, tienden a
denunciar.