ALINARI, Luca
(Florencia, 1943)

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LUCA ALINARI

Comenzó ingresando en la Escuela de Letras y desde allí fue aproximándose a la crítica de arte. En 1968 organiza su primera exposición individual en la Galería Inquadrature (Florencia). El rastro neodadá es frecuente en sus inicios, dado el uso de los colores florescentes, la técnica del el collage, etc. A mitad de los setenta cuando comienza a difundirse con rotundidad su nombre. El público le solicita de continuo en las galerías de Italia y otros países. Entre los lugares en que ha expuesto figuran en 1982 el Banco Spirito Santo Napoli y la Bienal de Venecia, la galería Adler de París, el Palacio Real de Milán (1993) etc. Dichos datos informan de la trascendencia de su obra en el arte italiano contemporáneo. En 1989 su fama entre el público y la crítica se hace incuestionable y es invitado a exponer en lugares de prestigio como el Palacio Lanfranchi di Matera (Lubiana), en la Galería Fogola de Turín, el Palacio Real de Milán, el Museo de Arte contemporáneo de Villa Croce (Genova), etc., y ya en los 90 el Museo de los Uffizi se hace con un autorretrato suyo, con todo lo que este hecho representa.
El elemento fundamental de su pintura es la ausencia total de perspectiva. Su obra nos remite a la imaginación de la infancia, a un mundo onírico marcado por la fantasía y el lirismo. La locura pop inicial, sin olvidar nunca a pintores como Leonardo o Modigliani, y el derroche de fantasía se transformarán en el interés por los paisajes toscanos, en un estilo más atormentado y misterioso, así como en un interés mayor por los clásicos a medida que pase el tiempo.

 



Luca Alinari recibiendo el Gonfalone de plata de manos del presidente de la región de Toscana

 

Se ha hablado mucho de su búsqueda permanente de nuevos técnicas, materiales y soportes (calcomanía, serigrafía, uso de los colores fluorescentes, el collage, sus happenings, las esculturas en las que se busca transmitir la particular tensión entre la forma y los colores) y todo ello agitado con una fuerza centrífuga orgullosa de no reagruparse.
Sus cuadros se caracterizan por una viveza de los colores, que ayuda a explicar que sus figuras viven en un espacio lúdico. Un espacio que Nigro valora como “el país de los pitufos, un país de la infancia y de la memoria que ha sido abatido por algún desastre” o, como dice el crítico un poco más adelante “¿Pero qué es lo que hace que Alinari sea un daltónico? (...) No, no me parece una paisaje natural el que representa nuestro pintor. Ni tampoco es ya una felicidad adormecida y fuera de la historia (...) Aquí estamos ante un expresionismo apocalíptico ante una figuración, de tebeos pero que ha perdido la ligereza adolescente de los cómics y de sus devoradores”.  

También se ha dedicado al arte gráfico, centrándose especialmente en las serigrafías y litografías. Un ejemplo de esto último es el vídeo que ofrece al espectador la narración diaria de su obra, sus pensamientos artísticos, e incluso algunas dedicatorias a sus poetas preferidos como son Campana o Montale.

Su  duelo constante con la libertad es palpable también en el uso de títulos que poco o nada tienen que ver con lo que se ve, por lo que siempre se vacila si se está en el margen de la ironía o la literalidad. Una contradicción que se respira también en las sensaciones que provoca: para unos un espacio de paz y para otros uno propio de la “falsa alegría de las obras bucólicas” (Domenico Sea y Rafaelle Nigro, respectivamente).

Ambivalencia de visiones que la crítica no entiende excluyentes una de otra. Quizá, en palabras de Salvatore Italia, “los juegos no son diversión, sino síntesis del mundo y de nuestra misma percepción. La aérea levedad (...) es, en cierto sentido, la insostenible levedad del Ser que arrastra a cada individuo a este mundo particular, como en el viaje de Alicia en el País de las Maravillas, con la mirada pasmada de un superviviente de la Beat Generation desembarcado en un universo imposible pero paralelo al real”. De este modo, sin renunciar a su bagaje lúdico y estética naif, es capaz de evolucionar hasta la pintura de unos rostros que emanan como iconos recuperados frenados dentro del torbellino de lo original en la medida en que asoman y quedan paralizados en la nada del fondo del cuadro.

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